Envía tu testimonio a info@rebecarocamora.es
Tendría Rebeca unos trece años cuando ya en la casa de ejercicios Stella Maris, al final de la convivencia, en el momento que cada uno decía lo que más le había gustado, ella dijo que la catequesis de la Virgen había sido lo mejor. En su enfermedad dijo varias veces que lo que más le hacía sufrir era ver a sus padres y hermanas tristes. No quería ver a nadie sufrir a su alrededor. Por su parte, no le preocupaba su enfermedad, decía que lo mínimo que podía hacer era ofrecer su sufrimiento poniéndolo en las manos de la Virgen para que Ella lo ofreciera a la Pasión de Cristo…
Amador Moreno (Alicante)
Cuando conocí a Rebeca era verano… Las tardes de aquel verano las pasamos jugando en la terraza todas juntas, mientras tomábamos el fresco. Y jugando, nos empezamos a conocer mejor. Cuando me marché, eché de menos aquellas noches de juego con ella y sus hermanas. Rebeca era muy alegre, le gustaba mucho bailar y animaba a todos los que estaban con ella a que disfrutaran y compartieran su alegría de vivir. Y así hizo conmigo cuando volví a las fiestas de Granja. Ella me invitaba a bailar, a jugar y a montarnos juntas en los coches de la feria. Tenía mucho sentido del humor, siempre estaba haciendo bromas. Era una persona que te lo daba todo a cambio de nada; sólo con sentir que tú le querías un poco, ella no sabía qué hacer para decirte que todo lo de ella era tuyo.
Cuando fui a verla mientras estuvo enferma, me sorprendió su tranquilidad, su entereza, y lo bien que aceptaba el estar enferma. Cuando, por teléfono, le dije que tenía ganas de verla y me contestó que me esperaba con los brazos abiertos, sabía que tenía que mover cielo y tierra para estar con ella, porque ella hubiera hecho lo mismo por mí. Estando enferma, se preocupaba y padecía por no molestar demasiado. Recuerdo un momento en el que preguntó por la mamá y (su hermana) le contestó que si quería la avisaba, pero estaba descansando; ella, que necesitaba estar con su madre, abrió los ojos y expresó que no la molestara y que la dejara descansar. Igual de preocupada estuvo cuando le lavamos la cabeza y yo, que le sujetaba la cabeza, notaba que no apoyaba del todo su peso para no molestarme a mí. Aguantó hasta que le pedí que se apoyase bien, que a mí no me molestaba. No olvidaré nunca un momento que me quedé sola con ella y le besé fuertemente la mejilla; ella, sin perder su sentido del humor, me dijo: ¡Se me ha pegado el beso en la mejilla!.
Ana F.G. (Castellón)
Desde su niñez hasta el último momento su única ilusión fue hacer feliz a los demás y dar testimonio de fe. No quería ver sufrir a nadie e incluso en los momentos más difíciles sabía sacarnos una sonrisa, haciéndonos olvidar las penas y dolores que nos atormentaban. Siempre quiso formar en la doctrina cristiana a los más pequeños de la parroquia, entregándose a esta labor apasionante: hacer florecer un nuevo humanismo cristiano, que dé sentido pleno a la vida en un momento en el que hay tanta hambre y sed de Dios. Rebeca había vuelto a descubrir a Cristo, y cuando esto es auténtico sólo te invade un gran deseo de llevarlo a los demás. La consecuencia directa es siempre el compromiso cristiano: despertar a los dormidos, animar a los cansados, acoger y apoyar, darles unos valores por los que luchar a los que se desentendieron de la lucha.
Era sorprendente como siempre salía en defensa de los maltratados valores humanos, cuando estos eran pisoteados, esta joven proclamaba a través de su fe cristiana su convicción profunda en la defensa de los valores, que distinguen y definen a nuestra civilización: la dignidad de la persona humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad entre los hombres y las naciones, y el empeño en un progreso, no sólo técnico y material, sino también espiritual y ético…
Respecto a su enfermedad y todo lo que tuvo que pasar, me gustaría apuntar unas palabras del Papa Juan Pablo II: Yo conozco también -porque lo he probado en mi persona- el sufrimiento que produce la incapacidad física, la debilidad propia de la enfermedad, la carencia de energías para el trabajo, el no sentirse en forma para desarrolla una vida normal. Pero sé también -y quisiera hacéroslo ver a vosotros- que ese sufrimiento tiene otra vertiente sublime: da una gran capacidad espiritual, porque el sufrimiento es purificación para uno mismo y para los demás, y si es vivido en la dimensión cristiana puede convertirse en don ofrecido para completar en la propia carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,24). Por esto, el sufrimiento capacita para la santidad, dado que encierra grandes posibilidades apostólicas y tiene un valor salvífico excepcional cuando va unido a los sufrimientos de Cristo.
…Y ahora llega el momento de darte gracias Rebeca porque contigo supimos lo que es la fe, aprendimos a glorificar a Dios en cada segundo de nuestras vidas, a esperar la otra vida con alegría…
Antonio Bernabeu (Granja de Rocamora -Alicante-)
Conocí a Rebeca hace muchos años, cuando era una niña pequeña rubia, con unos grandes ojos que hablaban por sí solos de su ternura, afabilidad y bondad. Me acuerdo del primer día, cuando entró por la puerta de casa y, después de atravesar el largo pasillo llegó a la cocina. Se escondía un poco detrás de sus padres Óscar y Mari Rosi, pero pasado el primer momento de contacto con unas personas a la que no conocía, enseguida nos brindó su confianza.
A lo largo de todo el proceso de su enfermedad y tratamiento, no encontrabas en ella una queja, un gesto de dolor o una mala cara. Incluso cuando le ponían un duro tratamiento y venía a casa, no decía que estaba cansada o molesta, sólo que se iba a acostar para que no nos preocupásemos.
Siempre estaba con la sonrisa en la cara y tenía palabras de ternura, cariño y ánimo para todo el que pasaba a su lado. En su afán por conocer el mundo propio de su edad, a veces hablábamos de muchas cosas, tanto espirituales como mundanas: ropa, amigos, trabajo… Era una persona con la que siempre te sentías bien, muy cercana y con un corazón tan lleno de amor que a su lado disfrutabas más plenamente de cada día. Era una persona muy madura y le preocupaba en que manera podría afectar su enfermedad a las personas que ella quería y le rodeaban, siendo su familia un pilar esencial y primordial para ella.
Asumía con verdadera entereza de ánimo todo lo que estaba padeciendo, siendo incluso consciente de que la vela de su vida se iba apagando. Recuerdo como me comentaba su madre que Rebeca le decía que no se preocupara, que se iba a ir a un lugar muy hermoso donde ya había personas a las que ella quería, que la acompañarían para que no se sintiera sola.
La verdad es que no tengo más que buenos recuerdos de una chica sencilla, siempre preocupada por todos, con un corazón enorme que irradiaba paz allá donde se dirigiera. Ya casi al final de su vida, cuando jugaba con mi hija, que entonces tenía apenas un año, era tal su ternura y alegría, que mi hija disfrutaba tanto con su compañía que nadie podría decir que no se viesen desde hacía meses.
Estos son mis recuerdos de Rebeca, una amiga que siempre se preocupó de que los demás nos sintiéramos a gusto y felices. Una persona muy familiar y religiosa con una entereza admirable que pocos seres podremos tan siquiera imitar. Su familia, que en ningún momento se apartó de su lado, infundiéndole una gran tranquilidad de ánimo y acompañándole en el día a día de su enfermedad, intentando todo lo humana y divinamente posible, deben de tener la certeza de que ella está allá en el cielo gozando de la paz más absoluta que supone estar cerca de Dios, susurrándole al Padre que en Su Bondad y Misericordia Divina no se olvide de nosotros –amigos y familia- que todavía seguimos nuestro caminar pasando las páginas de nuestra vida. Pero, ante todo, sentirnos orgullosos de haber podido disfrutar de su compañía durante varios años. Ella ha sido siempre un claro ejemplo que debemos imitar y que nos tiene que hacer reflexionar sobre nuestra propia vida…
Su vida estuvo sembrada de ternura, dulzura y amor por todas las personas. Su gran fortaleza de espíritu, su inmensa fe heredada de la enseñanza de sus padres, su total confianza en Dios me enseñó que dentro de cada persona Dios habita de una manera… Para escuchar su llamada hay que estar muy atentos y dejarse querer por el amor de Dios… Gracias Rebeca por todas tus sencillas enseñanzas, no te olvides de todos nosotros allá arriba, necesitamos que tú también nos eches una mano. Un beso cariñoso siempre, eternamente.
Mª Asunción Nuño (Murcia)
Huellas de luz que Rebeca Rocamora ha dejado en mí, en los tres encuentros que tuve con ella. Todo sucedió en Madrid:
-1º Encuentro: Era una niña muy enferma y la conocí a través de un hermano mío sacerdote, ya fallecido. Estaba muy pálida, sin pelo, cubriéndose la cabeza con un gorrito, consecuencias de la quimioterapia. La miré atentamente y vi a una criatura sencilla, serena, con una fe que sólo los niños y los sencillos tienen… Ésta fe le llevó a pedirle a la Virgen que la curara. Fue un movimiento espontáneo, producto de su infantil amor a la Virgen, cuyo rosario bendecido llevaba al cuello; por estas demostraciones fervientes, sencillas y alegría confiada, ¿oyó la Madre sus ruegos infantiles y la curó? Yo no lo dudo, aunque esto pertenece al misterio entre Dios y Rebeca.
-2º Encuentro: Ya estaba curada, han pasado los años, se había convertido en una agraciada adolescente, con preciosa cabellera ensortijada, pero… seguía siendo tan sencilla, humilde, confiada, llena de alegría y de vida; tan piadosa y buena como años atrás. Su misma sencilla fe, y agradecimiento al Señor. Era una delicia estar con ella.
-3º Encuentro: Unos meses antes de morir, en la Clínica Puerta de Hierro. Me acerqué al lecho del dolor, a un Calvario. Yo sabía, por un sobrino mío, que la situación era desesperada, no había solución, el tumor era muy agresivo y le quedaba poco de vida. Ella, pálida, casi transparente, era todo sencillez, humildad. Agradecía expresivamente todo lo que se le hacía, no se quejaba, tenía ansias de vivir, pero estaba serena a la espera de los designios de Dios que fogosamente aceptaba. Todo era sonrisa y alegría. Casi no podía hablar, pero se esforzaba por atender a todos los que, como yo, íbamos a verla. ¡Dios mío, qué grandes son tus obras en el corazón de esta niña! Me hablaba de mis dos hermanos, el sacerdote y el médico, ya muertos y que la querían entrañablemente, y me decía que ellos desde el Cielo la protegían. Era toda sencillez, fe, confianza en los planes de Dios. Rezaba fervorosamente y repetía: Lo que Dios y la Virgen quieran. Al día siguiente, cuando volví a visitarla, un enfermero, en sillas de ruedas, la sacaba al ascensor. La miré atentamente, me pareció un ángel lleno de Luz. Ella sí me vio en ese momento. Iba serena y confiada como siempre, con una fortaleza no común a sus 20 años, ante la situación por la que estaba pasando. Ella sola, con el enfermero, tan serena y sonriente, era la sencillez y confianza personificada. La metieron en una ambulancia y sus padres, que en aquel momento llegaron, me dijeron que la llevaban a La Concepción, a una resonancia magnética. Yo, en la puerta de la ambulancia, la contemplaba despidiéndose de mí, con la misma entereza, delicadeza agradecida, con las torpes palabras que casi no podía pronunciar, pero que se esforzaba, era todo amor, alegría y confianza en Dios. No la volví a ver.
Ha dejado una profunda huella luminosa en mi alma. El Señor ha sido glorificado en ella por el testimonio de esos encuentros y yo Le bendigo y doy gracias por haberme permitido conocerla.
Carmen Nuño Gallas (Madrid)
Vi a Rebeca apenas unos minutos en el locutorio. Me causó una profunda impresión porque había algo en ella que la singularizaba. No puedo decir qué fue, nada exterior, y no sé si esto es muy exacto, pero era como si su persona transparentara la Gracia. Había en ella como una belleza interior y mucha luz en sus ojos. Tenía lo que se dice un ángel en la cara.
Hna. A.C.T. (Elche -Alicante-)
La conocí aproximadamente en Julio del año 87 u 88, en las fiestas de la Virgen del Carmen en Cox, viendo el desfile de Moros y Cristianos, donde yo estaba con una amiga que conocí en Lourdes, que fue quien me presentó a Rebeca y a su madre. Me dijo esta amiga lo que le pasaba a Rebeca, y desde aquel día, no dejé de visitar, por lo menos un día a la semana, a Rebeca y a su familia. Allí fue creciendo mi cariño y amor a esa niña, siempre alegre, cariñosa hacia todos, sobre todo, a los niños, con los que tanto jugaba y a los que tanto acariciaba entre sus brazos y les hacía gracias para que se sintieran felices. ¡Era la más feliz del mundo cuando estaba con los niños! A las personas mayores las quería con un amor inmenso, los llevaba en su corazón, aunque no lo manifestara tanto como a los niños. Digo esto porque no era besucona, pero con sus preciosos ojos azules y su mirada de ternura, y sus travesuras de niña abierta hacia todos, expresaba todo aquello que sentía en su corazón…
Tenía muchos dones, la mirada limpia y transparente, como su propia vida, su cara blanca, sus ojos azules, su sonrisa con los niños, los ancianos y los enfermos. También tenía un amor especial al Corazón de Jesús y a la Virgen María, en los que tenía puesta su confianza, y a los que ofrecía toda su vida, tanto física como espiritual…
Jesús Bernabeu (Callosa de Segura -Alicante-)
Lo poco que puedo decir de Rebeca es agradable, yo fui compañero durante la EGB, siempre la he conocido como una chica muy normal, constantemente ha llevado su enfermedad en silencio, es una de tantas cosas que yo admiraba de ella. El tiempo que la he conocido os puedo decir que era una persona de su casa y familia como también muy creyente. Después de la EGB perdí el trato con ella, por causa de los estudios y porque salía muy poco. Unos meses antes de caer enferma, quedamos todos los compañeros de EGB en juntarnos un sábado para cenar juntos y salir un rato, y os puedo contar que no habíamos ninguno tan entusiasmados como pudo estar ella, fue una noche agradable, porque habíamos allí gente que desde la EGB no nos habíamos juntado, como en el caso de Rebeca, por eso fue una de las más felices de todos los que estábamos allí. Después de esta cena ya no la vi hasta que me enteré que estaba enferma, y sin pensarlo dos veces fui a verla con dos amigos más, nuestra impresión de verla en la cama en el estado que estaba fue muy triste, pensar que una persona con la juventud que tenía podía estar así, pero eso no fue todo, lo increíble fue la voluntad que salía de ella para ponerse bien y las ganas que tenía de juntarnos otra vez para poder cenar todos los compañeros unidos.
José Ángel G.C. (Granja de Rocamora -Alicante-)
A lo largo de la vida conocemos y entablamos amistad con muchas personas, pero ¿cuántas de ellas calan profundamente en nosotros?, seguramente no muchas; sin embargo yo puedo afirmar que Rebeca fue una de esas personas que caló hondo en mi vida. Los grandes personajes que los historiadores se encargan de mostrarnos, son muchas veces los heraldos que han permanecido alguna vez en primera línea, pero ¿qué hay de todos aquellos que desde su sencillez y humildad realizan con la rotundidad del trueno lo que les dicta su corazón? Para mí, en las ocasiones en que visitaba la casa de Rebeca por motivos de trabajo, las char1as, aunque fueran cortas, se llenaban de dulzura, de amabilidad, de sencillez, en una palabra, de amor… Sólo hacia falta ver a Rebeca un día cualquiera en cualquier lugar, andaba desprendiendo amor, su expresión estaba exenta de la máscara que casi todos llevamos para ocultar nuestros sentimientos, con ese aire de despreocupación por los problemas propios y esa mirada angelical que no hacia posible el despedirme de Rebeca sin que mi rostro dibujara una sonrisa. Sin duda, bastaba con mirar a Rebeca para comprobar que no tenia una personalidad cualquiera, y bastaba con verla junto a la multitud para comprobar que su figura sobresalía por encima de la mayoría: Rebeca era siempre Rebeca, bien en casa, en la calle, en la plaza o divirtiéndose con los amigos; siempre conservaba su mirada, su sonrisa, su sencillez y su cariño.
Hablar con Rebeca era conversar con un viejo sabio, no ya por la cantidad o profundidad de sus conocimientos, sino por la seguridad con que defendía sus ideas, fundamentadas en los valores que sus padres le habían enseñado, pero elevados a la máxima sencillez; y eso es algo que a mi me impresionaba. Encontrar una personalidad con semejante certidumbre, aún sin haber cumplido veinte años, es un mérito que hemos de conceder a Rebeca. Ahora bien, Rebeca no guardaba para sí su valía, sus deseos de vivir se hacían extensibles a los demás por medio de su desbordante alegría, colaboraba por encima de sus posibilidades con todos aquellos que la rodeaban, luchaba con todas sus fuerzas para asumir y resolver sus problemas, para así demostrar a ella misma que era útil a su gente.
El tener semejante historial clínico a semejante edad, es algo que mina doblemente a toda persona, por un lado, la propia enfermedad que se apodera da las fuerzas del cuerpo y lo hace desfallecer; por otro, una sombra de tristeza que se apodera de los sentimientos, una sensación de impotencia que pugna en la discordia por el imperativo físico de la juventud. Aun así, Rebeca aguantó el empuje de la sombra que se cernía sobre ella de forma magistral: no solo conservo su fe, sino que tuvo el valor y la determinación necesarias para actuar acorde a sus creencias; si bien durante todos estos años Rebeca había vivido a la espera de lo que pudiera suceder, cuando llegó el momento Rebeca no se echó atrás, aun en los peores momentos conservó toda su simpatía, su gentileza, su ternura y, como no, ese amor que desprendía a todo aquel que iba a visitarla; toda una montaña de sufrimiento, movida por su descomunal fe cristiana; una montaña que muchos dicen mover cuando les es ajena pero que cuando se ve llegar, sólo unos pocos pueden remontarla…
Defiendo a la Rebeca viva, a esa parte de ella que nos ha dejado huella para siempre: su recuerdo; con el debemos apreciar lo bueno que nos supo dar Rebeca, y transmitir a los que no la conocieron cómo fue una existencia plena de dotes ciertamente humanas. Humanidad, para mi ese es el término que define mejor a Rebeca, humanidad… verdad, por ello, no puedo sino mostrar mi desacuerdo con aquello de que la muerte está tan segura de ganar que nos deja toda la vida de venta, pues la muerte es sólo un tránsito, y quien gana o pierde es siempre la propia persona, a través del desempeño de las funciones que le son propias en la vida; y en la vida, sin duda, Rebeca ganó.
José Antonio L.M. (Cox -Alicante-)
Conozco a Rebeca desde que nació, recuerdo cuando sólo era un bebé, y ya sus hermosos ojos azules, llamaron mi atención. Conforme iba creciendo se iba llenando de su hermosa sonrisa (que ya le acompañaría hasta su muerte) y sus rubios cabellos. Rebeca siempre fue una niña normal de su edad. Luego llegó su enfermedad y la angustia de sus padres cuando me comentaron que tenía un tumor y que en Murcia les dijeron que no tenía solución. Rebeca, posiblemente porque era muy niña, no se daba cuenta de la gravedad de su enfermedad, porque siempre estaba alegre y feliz.
Recuerdo también una anécdota cuando la enfermedad no le permitía crecer y desarrollarse como una jovencita de su edad; y, en alguna de las muchas veces que venía a casa, recuerdo que se acercaba a mí, me miraba y no decía nada, y así en varias ocasiones; hasta que un día le pregunté si pasaba algo, y riendo, me dijo que no, que no pasaba nada, simplemente que se medía conmigo para ver si, al menos, alcanzaba mi talla (yo soy bajita). Luego se hizo altísima y yo le recordaba la anécdota y reía tremendamente.
Por último, quiero reflejar los últimos meses de su enfermedad. Cuando marchó por última vez a Madrid a una revisión, si estaba preocupada, la verdad es que no lo demostraba porque cuando se despidió de mí, lo que recuerdo es su sonrisa. Luego, a los pocos días, al preguntar a su padre, me dio la tremenda noticia, que sólo un milagro podría salvarla. Cuando regresó de Madrid, yo fui a visitarla, me impresionó su tremenda paz y confianza de que, si Dios lo disponía, ella sanaría. En varias ocasiones en las que un sacerdote, amigo de la familia, celebraba la Santa Misa, fui invitada a participar con ellos, y Rebeca siempre nos daba las gracias a todos los que estábamos allí, rezando por ella, y con ella; y también siempre pedía por los enfermos y los necesitados pero, especialmente, pedía: ¡Señor, aumenta mi fe!. Para mí, en Rebeca, siempre he visto a una muchacha bondadosa, alegre, feliz y llena de Dios.
J.T.C. (Granja de Rocamora -Alicante-)
De lo que recuerdo de Rebeca Rocamora Nadal es su SENCILLEZ, su INOCENCIA y SU ALEGRIA que venía de dentro, es decir, la que no pasa pese a las dificultades que nos surgen a lo largo del día. También me dejó sorprendida con qué naturalidad había aceptado su enfermedad desde niña y no oír queja alguna de ello ni decir porqué Señor a mí me tiene que pasar esto, qué habré hecho yo para merecerlo.
Mª Carmen Rayos (Desamparados -Alicante-)
Mis experiencias vividas con Rebeca son sencillas, las típicas vividas con una compañera de clase de EGB, quizás menos, ya que su enfermedad la distanció por un tiempo de nosotros. Aunque no fuera íntima amiga de ella, siempre hay recuerdos y ocasiones especiales. El destino varias veces me acercó más a ella.
Centrándome en los recuerdos, recuerdo que era una niña muy guapa y dulce. Siendo pequeñas, recitamos juntas una poesía en el festival de fin de curso. Más tarde, ella enfermó, pero seguimos comunicándonos por carta; a partir de éste momento, despertó mi preocupación hacia ella, y la de toda mi familia, que siempre tuvimos una oración por Rebeca. Pasó el tiempo y ella se fue recuperando y se adaptó perfectamente de nuevo a la clase, quizá su situación y su personalidad especial me inspiraron, en cierto modo, respeto. En 6º curso, recuerdo que los compañeros de clase interpretamos una función sencilla pero muy divertida: La Mosca. Al final debíamos tirarnos al suelo y explotar unos globos que estaban en la parte trasera de nosotros y que formaban parte del disfraz de mosca, recuerdo con simpatía que ella se quedó flotando sin poder explotarlos, yo que estaba a su lado le ayudé a hacerlo, rompiendo (además de los globos) a reír. En octavo, ella trabajó con tanto entusiasmo como todos para realizar el viaje de fin de curso; en este viaje me llamó la atención su fuerza de voluntad, aunque parezca algo insignificante, tuvimos que hacer una caminata de la que la tutora nos avisó anteriormente que iba a ser muy pesada, y lo fue, no llegamos todos, algunos se retiraron, pero en la foto de la cascada (la meta), allí aparece Rebeca sonriente y fresca, y creo que ella estará de acuerdo conmigo en que mereció la pena.
Al terminar EGB, cada uno siguió su camino, aunque siempre por alguna circunstancia nos mantuviéramos unidos, como cuando nos confirmamos; un día muy especial para mí, como creo que lo fue para todos, fue una ceremonia sencilla, muy recogida, familiar y amistosa, tuvo lugar en el almacén de la Iglesia, ya que ésta estaba en obras, para mí fue la ceremonia más especial. Hasta entonces, recuerdo que estábamos nerviosos, inquietos, pero llegó un momento de la celebración en que todos nos quedamos relajados y asombrados, en ese momento creo que el Espíritu Santo descendió y entró dentro de cada uno de nosotros. Un día especial el de la Confirmación, el día de Pentecostés, que coincide de una manera también muy especial con el día que se fue Rebeca. Mientras tanto, seguíamos también en contacto en convivencias y un año, junto con ella, fui catequista de los niños de Precomunión, dando catequesis en la Ermita de la Cruz.
El tiempo pasó y la última vez que nos unimos junto a ella, fue poco antes de las Navidades del 95, hace tan sólo unos meses; nos reunimos toda la clase de nuevo para pasar un rato juntos, teníamos mucha ilusión y la verdad que todo salió a pedir de boca, porque fue una noche maravillosa e inolvidable, en la que no faltó en la cara de ninguno de nosotros una sonrisa en toda la noche. El deseo y la ilusión de esta cena no fracasó en ninguno, incluida Rebeca, la alegría se veía reflejada en su cara. Esta cena se puede interpretar como una feliz despedida. A mí, personalmente, me llamó la atención el buen aspecto físico de Rebeca, en ningún momento podía imaginar lo que más tarde iba a pasar y en tan poco tiempo.
Cuando me enteré que nuevamente estaba delicada, me impactó y además de preguntarme: ¿Por qué?, en algún momento del día la recordaba en la cena y en silencio pedía por ella. Yo no viví de cerca la enfermedad de Rebeca, pero tengo que decir, que el contacto y convivencia con personas enfermas, humildes, optimistas, de gran corazón, que sufren el dolor silenciosamente y, a pesar de ese dolor, siempre piensan en los demás antes que en ellas mismas, hacen que apreciemos la vida como algo maravilloso y que nos demos un poco más a los demás. El día que me enteré que se fue Rebeca, la noticia me dejó paralizada y angustiada, pero esa sensación de angustia pasó cuando, en la ceremonia de su entierro, concretamente en la homilía, sentí una paz y tranquilidad dentro de mí, tenía la sensación de que Rebeca estaba allí con nosotros, animándonos y tendiéndonos su mano para ayudarnos, que estaba feliz e intentaba transmitirnos esa felicidad.
A partir de ese día, Rebeca está siempre en mi vida, no falta la fotografía de la cena (donde está ella tan guapa) en mi mesita, ni su imagen (en el recordatorio) a donde quiera que voy, y que me ha servido de gran ayuda en los exámenes de selectividad y en mi manera de ser. Tengo que decir algo muy importante y es que ahora es cuando más unida estoy a Rebeca, porque confío y cuento con ella, porque en mi corazón y en mi pensamiento va siempre conmigo, dándome siempre esa sonrisa que me alivia y anima en todo momento, pasando de haber sido una simple amiga, a una gran amiga y mi ángel de la guarda. Por eso pienso que quizás no sea necesario pedirle, que desde donde está nos ayuda, yo sé que no nos abandona, que siempre estará con nosotros, con sus compañeros de clase.
Mª Dolores R.S. (Granja de Rocamora -Alicante-)
Yo casi no tuve trato con Rebeca cuando vivía. Apenas la conocía. Sin embargo, cuando estuvo enferma, fui un día con una de mis hermanas a su casa y le pregunté a su madre cómo estaba. Ella nos dijo que podíamos pasar a visitarla. Al verla allí en la cama, nos impactó mucho aquella naturalidad, tranquilidad y serenidad que transmitía. Además, cuando le preguntábamos por su salud, en vez de hablar de ella, enseguida se interesó por nosotras, por preguntamos cómo estábamos, cómo iba nuestra salud.
Petra F.C. (Granja de Rocamora -Alicante-)
De Rebeca puedo decir que la conocí en Madrid, en la Clínica Puerta de Hierro. Yo estaba con mi hijo, que estaba enfermo, y coincidió que tenía la misma enfermedad que Rebeca. Así que convivimos una larga temporada juntos, pasando tantas tribulaciones…, más los padres que los niños. Rebeca era una niña muy alegre y buena, nunca se quejaba. Debido a su enfermedad, tenía un tratamiento muy fuerte, como las radiaciones que la dejaban sin defensas…, pues, siempre la encontrabas contenta. Cuando se le cayó el pelo, decía que ya le saldría. Siempre estaba dispuesta a ayudar a los niños que estaban peor que ella. Con los más pequeños jugaba y les prestaba todas sus cosas y todos la querían mucho.
A lo largo de los años, seguí viendo esporádicamente a Rebeca. Siempre la encontraba igual, con la sonrisa y esa bondad que era innata en ella, siempre ayudando en todo. La última vez que la vi con vida fue en Madrid, en la Clínica Puerta de Hierro, coincidimos en una revisión. Estaba con su madre y me quedé sorprendida, pues estaba hecha toda una señorita, tan alta y fina. Con sus ojos tan azules, que parecían un pedazo de Cielo. Pero seguía con su alegría… Parecía un torbellino por aquellos pasillos …
En fin, que Rebeca tenía algo que no era de este mundo, ella era como una cosa diáfana, transparente; como una cascada que te da alegría, y como un arroyo tranquilo que te da paz. Seguro que los que la conocimos, tenemos una ayuda con Nuestro Señor, porque ella nos seguirá protegiendo desde el Cielo.
Rosario R.C. (Alicante)
Rebeca siempre ha llamado la atención por su sonrisa, simpatía y dulce mirada. Recuerdo que era despierta en aprender las cosas de Dios, deseaba comulgar pronto. El día que lo hizo, fue un día muy feliz para ella. El sacerdote también lo notó, y cuando la ceremonia terminó, le dio un beso y le dijo: Rebeca, no pierdas nunca la sonrisa,… estaba muy feliz. Poco más tarde cayó enferma, y día tras día la he visto vivir su enfermedad, y nunca he visto que se quebrara esa sonrisa que siempre ha conservado. Últimamente, cuando iba a verla me decía: Reza por mi, es que lo dudas, Rebe, le dije, no…, decía, y sonreía diciendo: …por si acaso se te olvida. Se alegraba cuando iba a verla. Siempre ha sido una niña, una muchacha de gran fe, sin alarde y en silencio…, natural, muy propio de ella…, para quienes la hemos conocido de cerca, así era.
R.T.C. (Granja de Rocamora -Alicante-)
Su figura, como la de María, pasó desapercibida porque su vida fue un aceptar la voluntad de Dios sin llegar a tener un pleno conocimiento de sus designios. Desde que la conocimos en Madrid en casa de un sacerdote, al poco de ser tratada de un tumor en la cabeza hasta su muerte, en ningún momento la oímos lamentarse de su suerte, su sonrisa y la claridad de sus ojos eran fiel reflejo de un alma que se había dejado en las manos del Señor porque se fiaba de Él… Toda la carga de sufrimiento tanto físico como moral al verse tan limitada, no le nubló su alegría, era siempre la que animaba al resto como quien parecía ausente de la carga que debía soportar. Esto lo hemos constatado en las visitas que nos hacía la familia en los últimos cinco años. Una de la mayor garantía de cuál era la grandeza de su alma, fue comprobar el olvido de sí misma para preocuparse de los problemas de los demás, especialmente de su madre.
En su última enfermedad, por el seguimiento que vinimos haciendo a través de su familia y del sacerdote que la asistía, constatamos el temple de una cristiana que luchaba por vencer el mal, por sobrevivir, no para ella misma, sino por el bien de los demás; sabía que su partida dejaría un vacío afectivo y efectivo y pedía al Señor la fuerza y el coraje de creer y confiar total y exclusivamente en su Providencia de Padre. Se fue con la misma serenidad y con el mismo silencio elocuente con que se había desarrollado su corta existencia y esa aceptación amorosa de la Voluntad de Dios en su vida, será la que le permitirá, dentro de la comunión de los santos, realizar de forma mucho más perfecta, la obra que ella quería dejar finalizada antes de partir.
Que Rebeca, cerca ya de Dios, nos ayude a todos a realizar en nuestras vidas los proyectos que Él nos haya marcado para cada uno de cuantos hemos convivido con ella.
Sor Luisa Mª M.M. (Hellín -Albacete-)